La fuerte carga impositiva sobre los combustibles líquidos, juntamente con la caída en la demanda de las gasolinas y el gasoil provocaron la pérdida de aproximadamente 20.000 puestos de trabajo en el sector de estaciones de servicio durante 2002. Los empresarios del segmento consideran que esa tendencia se agudizará durante el año próximo.
Foto: iprofesional.com
Al titular de la Federación de Empresarios de Combustibles de la República Argentina (FECRA), Carlos Calabró, le bastan cuatro años consecutivos sin rentabilidad en su sector para perder la paciencia: “Si quieren condenar a la desaparición al negocio de las estaciones de servicio, que lo digan. Se nos hace imposible afrontar todos los impuestos que los funcionarios piensan de noche y aplican por la mañana”, explica con desazón. “En comparación con el principio de este año, finalizamos 2002 con un mayor porcentaje de IVA, Impuesto a la Transferencia de los Combustibles, Ingresos Brutos, Impuesto a los Movimientos Bancarios e Inmobiliario”.
El fastidio del representante de los estacioneros no es para menos. A su entender, la portentosa estructura de gravámenes que pesa sobre el sector ha sido la causa principal de que hayan cerrado más de 1.300 estaciones de servicio durante este año.
El segundo responsable en la lista de culpables lo ocupa la fuerte caída en las ventas de los combustibles líquidos por culpa de la crisis económica, que no sólo restringió la demanda sino que también favoreció la penetración del gas natural en su utilización vehicular. En efecto, para Calabró el GNC es “hijo de la pobreza”.
Aunque la crisis que atraviesa el sector no hace distinciones de bandera, las estaciones blancas contaron este año con un perjuicio adicional: producto de la devaluación, perdieron la posibilidad de importar y durante la primera parte del año sólo consiguieron combustible a costa de grandes dificultades. Además, la imposibilidad de aumentar los precios de la gasolinas debido a la competencia les evitó la ganancia y, por lo tanto, las condujo al cierre.

Una larga historia

La tendencia al cruce de mangueras, para el timonel de FECRA, continúa en aumento: “Contabilizamos más de 1500 estaciones que están en una posición muy delicada, a punto de cerrar”.
Durante cuatro años los expendedores de combustibles, según ellos mismos explican, se han debatido en marco de una falta de rentabilidad que los obligó en muchos casos a no pagar sus obligaciones, entre ellas las impositivas. Por ese motivo, el estado actual de las cosas ya no permite afrontar sus cargas “aunque el Estado lance moratorias”, dice el titular de los estacioneros. “Todo eso hace que cada vez se vaya cerrando más el nudo sobre nuestra capacidad económica de pago”.
La amenazante perspectiva del sector de cara al futuro permitió que los diversos actores que lo componen aunaran posiciones después de mucho tiempo. En efecto, el cambio importante en la relación que petroleras, sindicato y expendedores mantienen entre sí ocurrió a finales de 2001, cuando los tres actores comenzaron a atenuar sus intereses contrapuestos a favor de una salida conjunta. “Todos tomamos conciencia de que la actividad estaba en vías de desaparición, porque en definitiva a todos nos está perjudicando la baja en las ventas”, reconoce Calabró.

Para Calabró, al sector le falta ordenamiento y un organismo público que vele sanamente por su situación. “Alguien que controle que no haya superposición de impuestos ni competencia desleal. De la misma forma que los ciudadanos tienen un Defensor del Pueblo, nosotros debemos tener un defensor del sector, no sólo de las estaciones de servicio sino de toda la actividad dedicada a la venta de combustibles”, reclama.
A la hora de encontrar responsables, el representante de los expendedores no dispara en contra de un sector particular. Si bien varios organismos gravitan sobre ese segmento del downstream, se destacan las carteras de Energía y Comercio de la Nación. En la primera, por ejemplo, la realidad de los estacioneros es largamente conocida pero, según el directivo, “actúa como si nunca se hubiese preocupado por el tema”.
Por otra parte, recientemente se sumó la AFIP –“un organismo con especial predilección por las estaciones de servicio”-, que obliga a los expendedores a realizar una prueba cada vez que reciben combustible para determinar si proceden o no del sur del país, donde están exentos de impuestos. “Estas obligaciones –explica el empresario- agregan un costo más”.

Los problemas de las estaciones no sólo tienen que ver con los impuestos, sino también con lo que sus empresarios denominan competencia desleal, que corre por cuenta de lavaderos, centros de engrase e incluso almacenes y kioscos (compiten con el minimercado de las estaciones) no habilitados.
“Todos trabajan de manera ilegal e incluso con la tolerancia explícita de los municipios, que son permisivos dado que prefieren que funcionen ese tipo de negocios antes que la gente ocupada en esas actividades delinca”, reclama Calabró.
Los servicios de lavado y engrase son una especie extinguida dentro del negocio estacionero, dado que según dicen no tienen oportunidad de competir a través de los precios con otras entidades que brindan las mismas prestaciones.
“La Secretaría de Medio Ambiente, por ejemplo, controla con minuciosidad a las estaciones de servicio en el tratamiento y destino que le dan a sus residuos, mientras que otros negocios no están sometidos a esa rigurosidad. Como no están registrados, no tienen oportunidad de verificarlo”, explica el titular de FECRA. Y aclara: “En materia de costos, es muy distinto realizar una actividad con respeto a todas las reglamentaciones correspondientes que estar trabajando en forma clandestina”.

¿No al alcohol?

Actualmente está en vigencia la normativa que prohíbe a las estaciones de servicio comercializar bebidas alcohólicas, ya sea para consumir en sus instalaciones o para llevar. Sin embargo, esa restricción no afecta a otro tipo de negocios que compiten con los estacioneros. En ese sentido, las críticas no apuntan sólo aquellos que actúan sin respeto hacia la ley, sino también a los locales, y especialmente a los que venden combustibles. “Es posible ir a cualquier hipermercado, cargar nafta, y luego ir hacia las góndolas para comprar bebidas alcohólicas, e incluso acercarse al patio de comidas para consumirlas directamente en el lugar”, critica Calabró.
El dato no es menor, dado que la venta de bebidas alcohólicas, antes de la prohibición, constituía un 30% del volumen comercializado por los minimercados.
Ese coctail de restricciones hizo que muchas estaciones olvidaran sus fosas y cerraran sus lavaderos. Naturalmente, se trató de un proceso que creó una importante masa de desempleados.

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