La pujanza china tiene dos lecturas importantes para el resto del mundo.

Por un lado, si el crecimiento se mantiene al ritmo actual, la economía regional asiática avanzará más y con ella la mundial, compensando la des-aceleración en Estados Unidos. Pero también el precio de las materias primas aumentará más de lo previsto. Los recientes máximos del precio del oro y la subida del petróleo hasta casi los 70 dólares son dos muestras de ese facto.

Por otro lado, si Pekín no logra enfriar poco a poco la recalentada economía, el riesgo es al final la economía china entre en una crisis. Y ella podría arrastrar al resto de los países emergentes asiáticos y a Japón, complicando significativamente el escenario global y, por supuesto, el de las bolsas.

El problema es que todo apunta a que tres años de esfuerzos para frenar la economía no han logrado resultado, sobre todo porque, según Logan Wrigth de Stone & McCarthy Research. En Tokio, China está tratado los síntomas del recalentamiento, y no el recalentamiento en si mismo. En eso coincide con el Fondo Monetario Internacional.

Los síntomas son el aumento del crédito y de la inversión, junto con los notables desequilibrios. Pero la enfermedad es su política cambiaría, que limita la acción de Pekín en la gestión de la política económica.

China apenas puede utilizar la política monetaria (esto es, subir los tipos de interés para frenar la inversión) porque su férreo control sobre su divisa (el yuan) se lo impide. Si sube los tipos, la presión sobre el yuan aumenta, debido a la entrada de dinero especulativo a través de los resquicios que deja el control en la cuenta de capital, y el coste de esterilizar sus intervenciones en el mercado de divisas aumenta.

Pekín proclama que ha flexibilizado su política de cambio. Eso es sólo una media verdad. Es cierto que en julio de 2005 revaluó el yuan alrededor de un 2,1% frente al dólar y que desde entonces el yuan se ha apreciado otro 5% frente al dólar. Pero frente a otras divisas, como el yen o el euro, se ha mantenido estable: el resultado final es que el tipo efectivo real del yuan se apreció el año pasado, para estar hoy exactamente donde estaba en 2002.

China se ha comprometido en la pasada reunión de primavera del FMI y el Banco Mundial, en Washington, a flexibilizar el tipo de cambio, "con atención al valor [del yuan] respecto de una cesta de divisas" y no sólo frente al dólar. El tiempo sólo dirá si ese anuncio se transforma en realidad y comienza a tener un efecto sobre la política monetaria y económica y, en general, sobre la economía del país.

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